Crónica de la marcha Piasca - Bárago del 15 de Octubre de 2005

 

MARCHA 15º ANIVERSARIO: PIASCA –BÁRAGO
15 de Octubre – 2.005
 
 
El sábado quince de octubre, a las ocho de la mañana, salí andando de mi casa, en Boo de Piélagos, al encuentro de los excursionistas que venian en autobús desde Santander. Iba muy contento con mi mochila en los hombros. 
 
De camino al lugar convenido, vi como cuatro caballos trotaban libremente por la carretera que lleva a Liencres. Resonaban sus cascos en el asfalto, al tiempo que escuchaba el canto lejano de un gallo.
 
Amanecía lentamente, con un cielo gris plomizo, y las deshilachadas nubes, color humo, iban dando paso a un cielo azul y limpio. Se oían los trinos de los pájaros y, a mi alrededor, el día cobraba vida.
 
Mientras esperaba en la orilla de la carretera, pensé en muchas cosas. Había deseado, en numerosas ocasiones, el ir de marcha a la montaña y ahora tenía la oportunidad de compartir, con gente nueva y experimentada, ese viejo sueño. No sabía quienes eran y como encajaría yo en el grupo. 
 
Pronto se disiparon mis dudas, pues todos se mostraron abiertos, bromistas y cariñosos. Creo que no callé en todo el viaje ya que, además, encontré algunos conocidos del deporte y me desbordó la confianza que me dieron.
 
Llegamos a Potes hacia las nueve y media. En ese corto y ameno viaje, fui conociendo a todos y aprendiendo sus nombres, poco a poco. Después de dar un breve paseo para estirar las piernas, y de hacer acopio de pan, de nuevo al autobús hasta Piasca.
 
Paramos a la entrada y nos preparamos para iniciar la marcha. Eran las diez y media de la mañana. Hicimos una rápida visita al pueblo, situado a 556 m. de altitud y con escasos 70 habitantes.
 
Esta pequeña localidad de Cabezón de Liébana, cuenta con la iglesia de Santa María, del siglo XII, auténtica joya del románico. En la puerta principal los canecillos sujetan las cornisas. El pórtico de la Gloria es espectacular. Columnas, capiteles, arcos y canecillos recorren este magnífico edificio.
 
Entre luces, sombras y palabras de entusiasmo, posamos en grupo en el patio, junto al pórtico y con las figuras de la Virgen y los apóstoles, Pedro y Pablo, sobre nuestras cabezas.
 
Quietud, silencio y recogimiento, rotos tan sólo por nuestras conversaciones. La avidez del momento, la mañana limpia y serena, el rocío de las plantas, el frescor y la pureza del aire...invitaban a pensar, a vivir, a disfrutar.
Desde este marco incomparable, en una mañana radiante y luminosa, emprendimos la andadura por caminos y prados, dejando atrás las calles y las casas, contemplando unos metros más arriba un paisaje de gran belleza. La vista, allá abajo, era extraordinaria.
 
Ascendemos por praderas cercanas al pueblo. En lo alto un Sol espléndido y un cielo azul, adornado por pequeñas y escasas nubes blancas. Después de algunas dudas acerca del recorrido, se fijó la ruta a seguir, el camino por recorrer: Ascender al pico Jaru, de 1.500 m. de altura y grandeza.
 
Caminos estrechos, veredas verdosas con tonos otoñales a las orillas, lomas redondeadas, prados en pendiente y picos lejanos, eran lo que veíamos a nuestro alrededor. Oí pronunciar nombres como Peña Sagra, Sierra Cordel, Braña Vieja.
 
Continuando el camino, aparecían encinas con bellotas entre sus hojas, fresnos, chopos, cerezos silvestres, pinos, robles y las invasoras escobas. Volviendo de vez en cuando la vista atrás: Sol y luz, paisaje de infinitos colores y un horizonte lejano, entre nubes y cuestas en sombras, lo inundaban todo.
 
Abandonamos la pista y nos adentramos en pleno monte, entre brezos y escobas, percibiendo aromas de espliego y tomillo. Continúa nuestro tortuoso caminar, con sudor, esfuerzo, cansinas pisadas y frases de amistad, respirando aire puro y sintiendo nuevas sensaciones al caminar. 
 
Al fondo, al Noroeste, contemplamos Peña Ventosa. Pisando helechos tostados y secos, entre sanos consejos y sabias palabras, avanzamos despacio con charla distendida y amena, contando historias que arrancan cómplices sonrisas. Muy cercanas a nosotros pastan mansamente las vacas.
 
Amarillos, verdes, marrones y el azul del cielo por encima de nuestras cabezas, hacen que nuestra vista se recree y la mente disfrute de esta salvaje Naturaleza.
 
Llegamos a una loma desde la que se dominan dos vertientes. Un alto en el camino. Divisamos el Macizo Oriental de los Picos de Europa y, de nuevo, escucho más nombres: Campollo, La vega, Dobres, La Liébana, Cabezón, Cucayo, Bárago...
 
Caminos lejanos, laderas pobladas de helechos con tonos multicolor del otoño. Abajo, a lo lejos, los pequeños y soleados pueblos. Es mediodía. Cercanas a nosotros, al pie del pico Jaru, cónicas y esbeltas montañas con suaves pendientes. Remansos de paz y vida hacia donde se dirigen nuestras miradas. En lo más alto, la Majestuosa Cordillera con recortadas cumbres y pétreos picos, adornado, todo ello, por verdes valles con sombríos e intrincados ríos. Nuestros ojos todo lo atrapan
 
Tras un frugal almuerzo, compartiendo buenos y mágicos momentos, con palabras llenas de emoción y entusiasmo, con miradas llenas de admiración, al contemplar tanta belleza sin igual; sentimos en nuestros corazones y pensamientos, como la Naturaleza cobra vida y, al mismo tiempo, empequeñece al hombre.
 
Nueva deliberación del grupo, abandonando la idea de subir al Jaru y partiendo directamente hacia Bárago. Tomamos un camino estrecho y fangoso. En las orillas crece la hierba con un intenso y húmedo tono verde.
 
Avanzamos en fila india, cruzando pequeños arroyos de frías y cristalinas aguas. Algunas charcas inundan el sendero. Nos cruzamos con puestos de ojeadores. A lo lejos las cuadrillas cazan jabalíes.
 
Sigue la suave marcha, con ambiente muy cordial y gran camaradería, reinando la alegría y el optimismo en todo momento, reforzando mis ansias por volver en próximas travesías.
 
Dejamos atrás una oscura nube de la que se desprenden diminutas gotas de agua. Penetramos en un bosque de hayas. En el suelo, cercano a los troncos, un manto de hojas y helechos, color amarillo amarronado. Se escuchan gorjeos de pájaros que se posan alegremente en las ramas, volando de árbol en árbol.
 
Más adelante contemplamos, con admiración, las figuras caprichosas de robles centenarios. El musgo cubre parte de su rugosa corteza, gracias a la humedad y al frío del norte. Iniciamos un pronunciado descenso, vertiginoso a veces. 
 
La vegetación nos cubre por completo, vamos pisando la hojarasca y sorteando troncos muertos. Al salir del bosque nos envuelve una suave brisa y, rodeados de vivos colores, contemplamos como los amarillentos y espigados chopos quieren alcanzar el cielo; un azulado cielo que nos acompañó durante toda la caminata.
 
El viento sigue soplando, meciendo ramas y hojas de manzanos, nogales y avellanos, produciendo un sonido armonioso, con un rumor especial y embriagador. Se ensancha el camino y la hierba parece más verde. Ya vemos los tejados de las casas a lo lejos. Nuestro destino está cercano.
 
Con la brillante luz de las primeras horas de la tarde predominan el intenso color del cielo, el verde de los prados, el amarillo de las hojas y el rojo de las tejas. Estamos llegando al pueblo
 
Un nuevo arroyo a nuestro paso. Un rústico puente salva un pronunciado barranco. Salta con fuerza el agua entre las piedras, sin salirse del estrecho y pedregoso cauce. Entramos en Bárago, población perteneciente al municipio de Vega de Liébana, situado a 646 m. de altitud y con escasos cien habitantes; localidad natal de nuestro entrañable amigo “Tino”.
 
Silencio y humo en las chimeneas. Percibimos un agradable olor a guisos y cocidos. Los vecinos almuerzan en sus hogares al abrigo de cálidas lumbres. Recorremos sus calles con interés e ilusión, contemplando las fachadas y balcones de sus hermosas casas, rodeadas de un bello y agreste paisaje. Cambiamos impresiones con algunos lugareños. Comentan y muestran su entusiasmo por la excelente cosecha de nueces que, extendidas en el suelo en grandes cantidades, se secan con el calor de un Sol radiante.
 
Por fin, a las tres de la tarde, llegamos a la casa de Tino. La comida espera. Celebramos el 15º aniversario. Bebemos, nos refrescamos, descansamos y charlamos. En el patio, en los poyos, tomamos asiento, todos juntos y solidarios; conversamos y preparamos la ansiada fiesta.
 
Leña y parrillas en manos expertas. Sobre brillantes ascuas se asan chorizos y carne. En la mesa, ensalada, buen vino y pan de pueblo. Comenzamos la comida con entusiasmo y enorme alegría, saboreando las chuletas a la brasa y devorando la vida, con nuevas vivencias e irrepetibles momentos. 
 
En la sobremesa llegan el café y los licores, dando paso a los cánticos. Ambiente de música, notas y silencios. Con Julio al frente, manejando con maestría su viejo rabel, vamos desgranando letras picantes y sugerentes, surgiendo comentarios y chistes, que provocan pensamientos alegres y arrancan carcajadas múltiples.
 
Palabras y recuerdos de otros marchas, gestas y fiestas pasadas. Conversación y sana convivencia, con canciones y sonrisas al aire. La alegría nos desborda y une, en un último y cálido brindis de despedida, que anuncia el regreso a la ciudad. 
 
Así transcurrió la tarde, sentados, felices y en armonía. Cuando dije adiós, me sonó a un “hasta pronto”. 
 
Este escrito se lo dedico a todos los amigos y amigas de marcha, fatigas, tertulia y fiesta: 
Tino, Javi, Fernando, Alfredo, Mª Nieves, Soler, Julio, Gelo, 
Raquel, Miguel Ángel, Elena, José Luis, Santos, Julio, 
Carmen, Luis, Sotres y Carmen.
 
Autor: Alfredo López Pérez.