Los Collados del Asón - Socueva (Arredondo)

 

Sábado, 16 de Abril de 2011
 
Como ya tenemos la marcha de este mes al caer, os dejamos unos breves apuntes de la misma, el plano de la ruta, unas fotos y un enlace para ver el recorrido en google maps.
 
Empezaremos la jornada con la novedad de salida del Bus, desde el Centro Deportivo SALESPORT a las 7,50h, luego recogeremos a los que estén en el Parque de enfrente de Teka y de allí a los Collados del Asón (682 m) donde nos dejará el Bus.
Desde el mismo mirador del Asón tomaremos un sendero que nos llevará en pocos minutos a unas primeras cabañas llamadas HORNEO (800M).
Continuaremos subiendo entre la peñas Horneo y Los Campanarios hasta el Alto de la Posadia (900m), que da vista al hoyo de Brenavinto, seguimos ganando altura hasta llegar al Alto de las Estacas (1340m), donde enlazaremos con el cordal que viene desde El Portillo de Lunada y que el Club conoce, de haber transitado más veces por allí, la última vez en dirección a Calseca.
Con la vista puesta en el mar cantábrico llegaremos hasta la base del Porracolina (414m) en donde podremos parar para dar cuenta del bocata y el que lo desee puede ascender hasta su cima.
Retomamos el camino, ahora ya en ligero descenso por la Len Larga, en dirección al Pico Mosquitero contemplando el valle del Alto Asón. Rebasado el Mosquitero bajaremos a Peña La Valle y desde aquí hacia Buzulucueva para llegar poco después a Socueva, donde visitaremos la ermita rupestre de San Juan de Socueva.
Y si aún quedan ganas de andar 2 km más, podemos bajar por el antiguo camino hasta Arredondo, donde tomaremos el Bus de regreso.
 
Crónica de la marcha: Collados del Asón-Brenavinto-Alto de las Estacas- Porracolina-El Mosquitero-Socueva
 
Mañana fresca con hermoso y limpio amanecer. Tras la oscuridad de la noche todo cobra vida con el resplandor y la luz del sol. De camino al autobús, en lo más bajo del horizonte, emerge un enorme e incandescente disco rojo que me hace presagiar un alegre y luminoso día. Un nuevo y cordial encuentro de los excursionistas, esta vez a mediados de abril, con saludos, sonrisas y breve plática. Emprendemos el viaje con puntualidad y muchas ganas de compartir, caminar y disfrutar.
 
Transitamos por la autovía charlando y contemplando el relajante paisaje de Cantabria: el mar, los prados, las casas, plantaciones y pequeños bosques, con algo de bruma y niebla baja en los suaves valles cercanos a la costa. En los pueblos, las gentes despiertan a la cotidiana actividad diaria. Cruzamos en Treto la ría del Asón y, en dirección a Ramales, ascendemos bordeando el río. 
 
Pronto alcanzamos el término de Soba, con laderas en sombra y exuberante vegetación. Pasamos por La Gándara y Casatablas, y hacemos un alto para estirar las piernas y comprar pan. Fernando, micrófono en mano y poco antes de finalizar el trayecto en bus, nos explica la marcha al detalle y anuncia que, en esta salida auténticamente primaveral, disfrutaremos con los cinco sentidos. ¡Y así fue! 
 
Por fin, en los Collados del Asón. Tras los preparativos y las fotos de rigor, comenzamos la travesía. Al inicio admiramos la belleza del paisaje y la subida al puerto, que continúa hasta la cima de la Sía. Un lugar ideal para los ciclistas. Caminamos por un grisáceo suelo con piedra suelta, donde estacas y alambradas delimitan las propiedades. Rocas altas de gran verticalidad en las cercanías. Avanzamos con paso firme y ameno diálogo en una mañana cálida y esplendorosa. 
 
En las proximidades, algunas cabañas aisladas y ganado suelto sobre verdes praderas. A un lado el roquedo de Los Campanarios, con hayas en su falda, y al otro la Peña Horneo. Pronto llegamos a un cruce de caminos con señales de madera que indican a Brenavinto y Bustalveinte; estamos en el alto de Posadía, a 878 m. de altitud. Ahora iremos por una estrecha senda, en plena ladera, bordeando una colina hasta acceder a la cañada de Moncrespo.
 
Parada en un alto y nuevas vistas de un magnífico y agreste entorno. Seguimos hasta adentrarnos en un extenso bosque de corpulentas hayas, con verdor primaveral en sus hojas e incipientes brotes, que más tarde se convertirán en apetitosos hayucos. En este tiempo las aves construyen sus nidos y muchos animales salen de sus madrigueras. Pisamos la hojarasca invernal y contemplamos el musgo que cubre la base del tronco de los árboles y algunas rocas sueltas. Pequeñas matas de arándanos aparecen a nuestro paso, así como carteles con los nombres de Brenacovos y San Roque de Riomiera.
 
Tras largo trecho por el hayedo llegamos a un claro. Sobre nosotros, grupos de rocas con profundas grietas verticales. Una nueva pausa con breves explicaciones: Al sur el Picón del Fraile; al fondo, los Altos de Castro Valnera, Veinte, Pizarras y Carrío. En los alrededores, simas, plantas y algún nevero tardío. Bordeamos el Colina, notando el frío viento que sopla desde cumbres y laderas.
 
Vemos a lo lejos los pastizales de La Sota con hierba rala, amarillenta y, en ocasiones, blanquecina. Extraordinarias y hermosas vistas del valle del Miera en un inédito y corto descenso, pero vertiginoso, con amplia cordada al frente; un lugar para admirar, pensar y disfrutar. Paraje con calma sobrecogedora, donde algunas rapaces surcan el aire con vuelo alto y silencioso, al tiempo que nuestras miradas y pensamientos se elevan hacia un enorme e intenso cielo azul.
 
Tras varias horas andando llegamos a la cara sur del Porracolina y, sin detenernos, acometemos la ascensión. ¡Mereció la pena! En la cumbre, en ese mirador natural y a 1.414 m. de altura, conversamos con otros montañeros. Durante millones de años de inerte existencia, este pequeño coloso ha sido erosionado por el viento, la lluvia y los contrastes de temperatura entre el día y la noche, hasta moldearlo con caprichosas formas en su parte norte; pared acariciada siempre por la brisa que asciende del valle. 
 
Bajamos del pico y, tras una loma, al abrigo del aire, comemos cordialmente, en armonía, con divertidas charlas, comentarios y bromas, “como siempre”, compartiendo experiencias, bebidas y algunos alimentos. Tras el breve reposo marchamos una vez más, en esta ocasión en fila india entre rocas calizas, con formas geométricas, por un terreno lleno de cortos y sinuosos atajos. Aunque el camino se va haciendo largo y costoso, es digno de entusiasmo y admiración por nuestra parte. Trepando por un declive y pisando con cierta dificultad nos aupamos al Mosquitero, para así poder divisar otro hermoso valle desde esa espectacular atalaya rocosa, que se eleva al cielo como un auténtico guardián de las alturas y de los pueblos cercanos. Debajo, un terreno semejante a un circo glaciar con piedras sueltas y hondonadas. 
 
Descendemos de nuevo por terrenos muy verdes e inclinados, encontrando numerosas cavidades; en una de ellas reza en la roca de entrada: Cueva de Cueto, que, según cuentan, se comunica con la de Coventosa a través de un largo corredor subterráneo. Nos asomamos con curiosidad a la estrecha bóveda y tras fotografiar el sombrío y angosto lugar, continuamos largo rato sobre un pétreo suelo, salvando la difícil bajada y contemplando la grandeza de las rocas calizas, con forma de aguja que apuntan al cielo, componiendo sorprendentes figuras de origen kárstico, debido a la acción erosiva y disolvente del agua.
 
Entre escollos, hierba y maleza, a ras de suelo, nos dirigimos a Buzulucueva, para terminar en Socueva, tras transitar por una pronunciada pendiente bajando en zigzag por un sendero con piso muy irregular. Al finalizar la caminata en esta pequeña y tranquila localidad encontramos lugareños en plena faena, entablando cortos diálogos con ellos. Llegamos algo cansados, pero contentos, tal vez exhultantes, por haber completado tan extraordinaria marcha. ¡Un recorrido magnífico y un día inolvidable! Enhorabuena a quienes la diseñaron, a los que dedico este escrito. 
 
Regreso a Santander con amena conversación, saludos y buenos deseos en la despedida, y … hasta la próxima.
Alfredo López